Aquél era uno de esos días. Uno de esos en los que, nada más levantarse de la cama uno piensa: “vaya puta mierda”, si es que no lo había pensado en el mismo momento en que decidió abrir los ojos. Uno de esos días en los que uno se levanta malhumorado, tieso de frío, y en los que cuando uno se mira al espejo sólo tiene dos opciones humanamente razonables: o le da un puñetazo al espejo (¡como si fuera él el culpable!) o se ríe, sin gracia y sin ánimo, de la cara de, como mínimo, esquizofrénico paranoide que le devuelve el simpático cristal. Uno de esos días en los que se bebe el agua fría de la nevera, esperando alcanzar el éxtasis teresíaco a través de poco menos que el maná bíblico y se encuentra escupiendo sobre sus propios pies un desagradable líquido transparente, digno del propio Satanás. Uno de esos días que, cuando por fin parece que van a acabar, después de haber discutido, de haberse aburrido, de haber puesto unas excusas tontas, después de haber ocupado el importante tiempo de la tarde en decirse, infructuosamente, a uno mismo que había que empezar a pensar en hacer algo, se decide, con una disposición numantina y una resolución enervante, a no dejarse matar, y en los que a las tres de la madrugada, sin fuerzas para apenas nada, Morfeo decide irse de copas con Erató y dejarlo a uno, como se suele decir, a dos velas.
Y encima, sin avisar.
50% Nahar 50% Hesse.
Ya he echado a Ulises a andar.
A ver hasta dónde llega. Suerte.
ResponderSuprimirMaldito Morfeo, siempre tan promiscuo en los momentos más inoportunos...
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